EXPOSICIONES

Encanto, Luis Roldán

Sep / 17 / 19

8:00 AM

SN Macarena (Cll 26b # 3 – 47)

Precio: Gratuito

Como “desafío objetivo”, como proyecto escindido de subjetividad -y de subjetividad colectiva- la aspiración a lo moderno en Venezuela sólo supo prescindir de las modestas coordenadas del presente. Donde quiera que se encuentren los testimonios de su obstinada promesa de emancipación se encontrará también un atajo para salir del presente, para trascender nuestra precaria localización espacio-temporal, percibida casi sin excepción por los actores de nuestra modernidad como un síntoma de atavismo.

No habiendo traducido colectivamente a la modernidad como una posible elaboración subjetiva, no habiéndola hecho cosa colectivamente apropiada a nuestra subjetividad, no recibimos de ella más que aspiraciones de lugar (utopías) o nostalgias de lugar (atopías). La modernidad, impuesta, pues, como objetividad categóricamente imperativa para salir de nosotros mismos -esa ideología alienante- no habrá hecho más que ponernos a soñar con lugares ideales, cuando no a lamentar los lugares perdidos -no menos ficticios-. Nuestro proyecto moderno, estructuralmente desproporcionado, desasido del lugar presente y escindido de la subjetividad colectiva, habrá ignorado así el tiempo presente, el espacio presente.

No podía menos que ignorar también el lugar reveroniano, cuando no sublimarlo o despreciarlo. Porque el lugar reveroniano es la más contundente encarnación de tiempo y espacio presente, con su modesta mansedumbre de materias precarias, que haya producido subjetividad alguna en la historia de nuestras formas simbólicas. Lugar antimoderno -una vez más, cavernario- en donde tuvo lugar nuestra modernidad primera. Entonces -por cavernario- ese lugar, hoy perdido plenamente, podía oponerle a la nostalgia -que es obstinadamente reactiva- el resplandor de la memoria viva.

Quiero decir que el lugar reveroniano no respondió a ninguna forma de lamentación o de nostalgia; tampoco encarnó ninguna forma de utopía: era el sitio presente para hacer posible, en el aquí, un álgido combate con las manifestaciones de la presencia. Y era, por lo tanto, un sitio capaz de condensar, en sus formas presentes, los objetos, las formas, las estrategias de una memoria fundamental. No era, pues, como aquella casa Sommerfeld imaginada por Walter Gropius (”Bauhaus anterior, no regenerada, artesanal, de trabajos hechos a mano”) (Rykwert, 1974, 26), una manifestación de la nostalgia moderna del primitivismo.

Pero era, desde esos mismos años 20, la ocasión renovada, en tierra inédita, para producir una casa “primitiva” en un país que no creía necesitarla. Memoria involuntaria de la casa primordial, era, en suma, la casa desenmascarada en un país que respondía -y aún responde- al célebre juicio lapidario de Martí: “vasta morada de enmascarados”.