Mar / 02 / 19

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Una flor, aunque marchita, es una flor: Bogotá

Por Nicolás León

Definir una ciudad en una palabra o en una simple frase es más complejo de lo que se cree, lo difícil es atrapar esa mescolanza de todo para conseguir algo armónico que, mal que bien, representa lo que es la ciudad.

Llegar a «La ciudad que nunca duerme», «La ciudad del amor o la ciudad luz»; «La capital de la moda»; «La ciudad prohibida» o a «La ciudad eterna» es encontrar ese punto donde ese pequeño espacio de unos cuantos kilómetros cobra vida y, a su vez, da sentido a miles de personas. Pensar en cómo vender el todo y la nada en contados caractéres, eso es de otro mundo. Junto a la par de esas metrópolis con apodos salidos casi del título de una novela, se encuentra la Atenas suramericana, Bogotá.

Tildada de caótica, marchita de un desarrollo que pudo y no fue, siempre a la sombra de otras grandes capitales».

Una ciudad de todos y nadie, de climas distintos y donde la armonía pende de un hilo no en cada día, sino en cada segundo. Recuerdo las palabras de un conductor el otro día, “para salir a estas calles hay que llenarse antes de paciencia, si no la logra, mejor no salir”.  Me senté a pensar luego de un rato ¿si eso fuera verdad, las calles quizás estarían solas?

“La Atenas suramericana”, una ciudad de tono bohemio reconocida desde antes por su cultura y el basto número de intelectuales que la habitaban, pintores, poetas, botánicos, circenses, músicos, muralistas e intelectuales a su modo. Copiamos un modelo de sociedad europea pero aun así no llegamos ni a cruzar esa frontera, no estamos encasillados al otro lado del mar, pero tan poco encajamos en el modelo suramericano, somos algo distinto, somos algo así como unas pasas rubias de camino a un futuro incierto.

Bogotá en un día de lluvia

De día, un ambiente difuso que no logro comprender del todo, algo pasa en contadas horas, como si todo se escondiera porque no es el momento oportuno para mostrarse, como si la luz del día trajera consigo una pequeña máscara para todos y cada uno de los ciudadanos. Un soez tiempo de incertidumbre por el devenir que nadie entiende, ad portas de una mala nueva que está por venir.

Un aroma plácido que interrumpe el tiempo para descargar todas sus inhibiciones, eso representa el caer de la noche en esta ciudad. Como si fuera un divino portal, la brecha en la que cae el sol da espacio para una ciudad completamente distinta, llena de juego, placer y magia.

Bogotá es una diversidad increíble, oportuna, atada a una realidad de distintas épocas, con matices del pasado, presente y algo cercano al futuro, según el “primer mundo”. Un poco tosca, un poco amarga, un poco loca, polifacética, esplendida y lo que quiera, lo que cruce por su mente, pues no todos la viven igual. De ahí que definir una ciudad en una palabra o en una simple frase es más complejo de lo que se cree.

¿Mi definición? La de una mujer, llena de sutilezas incomprensibles a simple vista e interminable de conocer, un equilibrio perfecto entre el caos y la armonía, pasando por el arte y la vida. Esa es la “Atenas suramericana” un lugar inconcluso que aún ni usted ni yo, terminamos de construir.

Por Nicolás León

Fotos: Andrés Quintero – Bogotart

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